

POR pamela gavilan, Global Portfolio Finance BP
Invertir en IA: cómo convertir el gasto de hoy en la ventaja competitiva de mañana
La semana pasada participé en un Hackathon en St. Louis que cambió mi perspectiva sobre el futuro de nuestra forma de trabajar.
Más de 60 desafíos de los equipos de Finanzas fueron presentados. Solo 10 fueron seleccionados y cada uno recibió el apoyo de un desarrollador para construir un Producto Mínimo Viable (MVP) en pocas horas. El objetivo era simple: demostrar, en un pitch de cinco minutos, qué soluciones podrían generar el mayor impacto para el negocio.
Lo más valioso no fue la competencia, sino lo que reveló sobre el potencial de la Inteligencia Artificial. Las propuestas presentadas abordaban desafíos reales que enfrentamos todos los días: desde estados de resultados interactivos capaces de modelar escenarios en tiempo real para mejorar la calidad del forecast, hasta soluciones avanzadas para optimizar inventarios y automatizar procesos financieros repetitivos.
El evento me dejó una reflexión clara: seguimos enfrentando el viejo debate entre considerar la tecnología un gasto o verla como una inversión estratégica.
Cuando los presupuestos se vuelven más restrictivos, la tecnología suele ser uno de los primeros rubros en cuestionarse. Con frecuencia se percibe como un costo que puede postergarse. Sin embargo, después de ver problemas complejos resueltos en cuestión de horas gracias a la IA, queda claro que esa visión ya no se ajusta a la realidad.
La Inteligencia Artificial no es únicamente una herramienta de automatización. Es una capacidad que nos permite acelerar la resolución de problemas, aumentar nuestra agilidad organizacional y tomar decisiones con mayor precisión. En un entorno donde la velocidad del cambio es exponencial, la verdadera pregunta no es si debemos invertir en IA, sino qué tan rápido somos capaces de incorporarla a nuestra forma de operar.
El desafío actual no es la falta de ideas. Como demostró el Hackathon, el talento, la creatividad y los casos de uso existen. El desafío es vencer la inercia y pasar de la experimentación a la ejecución. Cada iniciativa que postergamos tiene un costo invisible: el valor que dejamos de capturar y las oportunidades que permitimos que otros aprovechen antes que nosotros.
Por eso, la conversación debe evolucionar. En lugar de preguntarnos cuánto cuesta implementar una solución basada en IA, deberíamos preguntarnos cuánto nos cuesta no hacerlo.
Las organizaciones que entiendan esta diferencia no solo serán más eficientes; serán más competitivas, más resilientes y mejor preparadas para liderar en un entorno cada vez más dinámico. La ventaja competitiva del mañana no dependerá únicamente de los recursos que tengamos, sino de la velocidad con la que decidamos invertirlos en transformar la manera en que trabajamos hoy.
La IA ya no es una apuesta tecnológica; es una decisión estratégica. El riesgo más grande no es invertir demasiado rápido, sino quedarse atrás mientras el resto avanza.