
Por roberto bustos
Fundador Concepto360°
Inmobiliario
El mayor riesgo puede estar en seguir haciendo lo mismo
Durante años nos enseñaron que una empresa bien administrada debía perfeccionar sus procesos, reducir errores y repetir aquello que funciona. Y tiene sentido. La eficiencia, la disciplina y la experiencia son pilares fundamentales de cualquier organización.
El problema aparece cuando aquello que funcionó durante años se transforma en una certeza que dejamos de cuestionar. Hoy, hacer muy bien lo mismo puede ser, paradójicamente, una decisión de alto riesgo.
Lo he visto en distintas industrias y, de manera especial, en el mundo inmobiliario. Modelos de negocio que hace algunos años parecían incuestionables comenzaron a enfrentarse a nuevas condiciones: cambios en el financiamiento, mayores exigencias regulatorias, consumidores más informados, nuevas tecnologías y profundas transformaciones en la manera de invertir, comprar,
vender, gestionar y administrar activos.
Frente a estos cambios, las organizaciones suelen tomar uno de dos caminos. Algunas esperan que el mercado vuelva a comportarse como antes. Otras entienden que quizás el mercado no va a volver y que son ellas las que deben cambiar.La diferencia entre ambas no está necesariamente en quién tiene más recursos, sino en quién es capaz de reconocer antes que el escenario cambió.
He aprendido que innovar no siempre significa inventar algo extraordinario. Muchas veces comienza con una pregunta mucho más simple y, al mismo tiempo, incómoda: ¿por qué seguimos haciendo esto de esta manera?
Cuando una organización se atreve a formular esa pregunta, aparecen oportunidades que muchas veces estaban frente a nosotros: procesos innecesariamente complejos, decisiones demasiado lentas, servicios fragmentados, experiencias deficientes para los clientes o formas de trabajar que se mantienen únicamente porque “siempre se han hecho así”, pero cuestionar un modelo también exige liderazgo.
Cambiar cuando las cosas van mal es relativamente fácil. La necesidad obliga. Mucho más difícil es cambiar cuando el negocio todavía funciona, cuando los resultados siguen siendo razonables y cuando existe una larga historia que demuestra que “esta es la manera en que siempre lo hemos hecho”. Ahí aparece una de las responsabilidades más importantes de quienes dirigen organizaciones: desarrollar la capacidad de anticiparse antes de que la realidad los obligue a reaccionar. Adaptarse tampoco significa abandonar la experiencia acumulada. Todo lo contrario. Significa utilizarla para interpretar mejor las nuevas señales y tomar mejores decisiones.
La experiencia es tremendamente valiosa mientras no se convierta en una excusa para defender el pasado.
En un escenario empresarial cada vez más dinámico, probablemente las organizaciones más competitivas no serán necesariamente las más grandes ni aquellas que tengan más recursos. Serán las capaces de observar antes, decidir mejor y ejecutar los cambios con mayor velocidad.
Por eso creo que el liderazgo empresarial está cambiando. Ya no basta con administrar correctamente lo existente. Los líderes tenemos que desarrollar la capacidad de cuestionarlo constantemente, incluso aquello que hoy parece funcionar bien. Una empresa puede sobrevivir a una decisión equivocada. Puede corregirla, aprender de ella y seguir adelante. Lo que difícilmente puede permitirse es descubrir demasiado tarde que el mercado cambió mientras ella continuaba haciendo, impecablemente, lo mismo.
Y quizás esa sea una de las preguntas que todo líder debería hacerse con cierta frecuencia: si hoy tuviéramos que construir nuevamente nuestra empresa desde cero, ¿haríamos las cosas exactamente de la misma manera?
Si la respuesta es sí, probablemente sea el momento de volver a preguntarlo.