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Por catalina meza
Ingenieria Agrónoma y Enóloga

Más allá de los 8,5: el nuevo desafío del vino chileno

Hablar de vino, durante décadas ha significado asumir un mínimo de 11,5° de alcohol. Hoy ese límite comienza a cambiar y con el se abre una nueva discusión para nuestra industria. Los últimos años de la industria del vino chileno ha sido muy desafiantes, las exportaciones en términos globales han disminuido, tanto en volumen como en valor. Sin embargo, no hay dudas que también existen nuevas oportunidades.

 

Hace varias semanas la discusión se ha centrado en el nuevo decreto que se ha firmado, la Ley 18.455, el decreto supremo Nº 78 creando una nueva categoría de vino bajo en alcohol. La ley mantiene el mínimo general de 11,5°, mientras que el nuevo decreto permite comercializar esta nueva categoría con una graduación alcohólica mínima de 8,5°. Para poner en contexto, de la producción de vino en Chile cerca de un 70% se destina a exportación. En el contexto internacional donde los vinos de menor graduación alcohólica forman parte de una realidad regulatoria y comercial, Chile necesariamente debe dialogar.

 

Muchos han salido a demonizar esta modificación pensando específicamente en como se podría llegar a estas cifras sin cometer fraudes. Y estoy totalmente de acuerdo, la implementación de este nuevo decreto debe ir acompañada de firmes lineamientos de dónde y como vinificar para alcanzar este nuevo límite. Y es aquí donde quiero profundizar.

 

Chile es un país con una geografía única, iniciamos en el norte con el desierto más árido del mundo, en toda nuestra longitud al oeste nos acompaña el océano Pacífico, por el este la cordillera de los Andes y al sur la zona más austral. Durante las últimas décadas hemos ido explorando nuestro país de norte a sur y de este a oeste en búsqueda de nuevas zonas vitivinícolas con características únicas y distintivas, donde no sólo la latitud ha jugado un papel principal sino también de este a oeste donde podemos observar una diferenciación aún mayor, desde las planicies costeras, pasando por la cordillera de la costa luego los valles centrales hasta llegar a la cordillera de Los Andes.

 

La discusión hoy no solo debe centrarse en cómo llegar a 8,5°. El gran desafío será producir naturalmente uva que permita obtener vino con graduación desde 8,5° con una adecuada madurez fenólica, acidez, equilibrio y expresión varietal.

 

No solo se trata simplemente de adelantar la cosecha. Una menor concentración de azúcares no garantiza por sí sola un vino equilibrado. El desafío será encontrar el punto donde menor concentración de azúcar en la cosecha conviva con una madurez de la uva que permita expresar las características propias de cada variedad y lugar. La regulación abre la puerta, el terroir nos indicará donde podremos entrar.

 

Existe una tendencia creciente hacia productos con menos graduación alcohólica. El consumidor está buscando vinos más frescos, gastronómicos y fácil de beber asociadas a nuevas ocasiones de consumo. Un vino con menor graduación alcohólica encaja perfectamente con estas nuevas formas de consumir vino y acercarnos a consumidores que antes nos parecían más lejanos.

 

Por eso, esta modificación puede ser una oportunidad para planificar desde el viñedo, la elaboración de vinos con menor graduación alcohólica de manera natural. Esto significa mirar con mayor atención nuestras zonas vitivinícolas, variedades, manejos y fecha de cosecha, entendiendo que no todos los territorios responderán de manera misma forma.

 

Chile posee una diversidad que pocos países pueden ofrecer. Como describió Claudio Gay, los terrenos de Chile son admirablemente a propósito para el cultivo de la viña ya sea por su naturaleza, o ya por la forma de anfiteatro que presentan sus colinas.

 

Hoy esa diversidad vuelve a ser una oportunidad. No se trata simplemente de producir vinos con menos alcohol. Se trata de producir mejores vinos en el lugar correcto, con la variedad correcta y con la graduación alcohólica que ese lugar sea capaz de expresar.

 

Chile ha construido su prestigio vitivinícola sobre la calidad y diversidad. El desafío es que nuestra legislación, nuestra viticultura y nuestra enología sean capaces de avanzar juntas para responder a las nuevas tendencias sin perder nuestro sello.

 

Los 8,5 no son el destino. Debemos verlo como el comienzo de una nueva pregunta ¿qué vinos podríamos producir de Chile cuando dejemos que cada territorio nos indique hasta dónde podemos llegar? 

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