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POR MATÍAS VALENZUELA, 
GUIONISTA, PRODUCTOR Y FUNDADOR AGU MEDIA Y MATDOG


 

la evolución de los formatos... y de nosotros mismos

Durante años pensamos que los formatos audiovisuales eran solo una decisión técnica. Pero con el tiempo, cada cambio de formato terminó cambiando también la manera en que contamos historias.


El cine clásico nació en formatos más cuadrados, como el 4:3. Luego vino la búsqueda de amplitud, horizontalidad y una experiencia más inmersiva. El formato panorámico no solo agrandó la imagen: transformó el lenguaje. El paisaje, la acción y el movimiento comenzaron a ocupar otro lugar dentro del relato.


Después apareció la televisión, devolviendo la imagen a un espacio más íntimo y doméstico. Mientras el cine buscaba épica, la televisión acercaba los rostros, las conversaciones y la vida cotidiana.


Con los años, incluso las televisiones comenzaron a parecerse cada vez más al cine: pantallas anchas, alta definición y experiencias más inmersivas, pero entonces llegó algo que volvió a cambiar las reglas: una pantalla que vive en nuestra mano. Recuerdo hace años estar con un amigo experto en marketing. Me vio tomando una foto vertical con el celular y me corrigió inmediatamente: Las fotos siempre se toman horizontales”. Y yo le respondí algo muy simple:
“Pero el teléfono lo usamos vertical”. Hoy parece obvio. En ese momento no lo era.


El contenido vertical pasó de ser una rareza a transformarse en uno de los formatos dominantes de nuestra época. Y no solo cambió el encuadre: cambió el lenguaje completo. Ahora vemos una nueva ola de producción vertical, incluyendo telenovelas pensadas desde su origen para teléfonos. Capítulos más breves, ritmos acelerados y estructuras narrativas diseñadas para espectadores que viven rodeados de estímulos y contenido infinito.


Y mientras todo esto ocurre, otra transformación avanza con fuerza: la inteligencia artificial.
La IA ya está entrando en la creación audiovisual, en las referencias, en el desarrollo de ideas, en los guiones, en la publicidad y en la producción misma. La velocidad del cambio es tan grande que todavía no sabemos exactamente hacia dónde va esta avalancha tecnológica. La publicidad ya cambió profundamente con internet, las redes sociales y los creadores de contenido. Ahora vuelve a cambiar con la IA.


Probablemente veremos películas completas generadas artificialmente. Tal como hoy convivimos con distintos tipos de animación, mañana conviviremos también con distintos niveles de creación automatizada. Pero aun así, tengo la sensación (o quizás la esperanza) de que la ficción interpretada por seres humanos seguirá teniendo un valor especial. Porque más allá de la tecnología, seguimos interesados en las capacidades humanas.


En cierto sentido, pasa lo mismo que en el deporte. Sabemos que un auto, una moto o un avión son infinitamente más rápidos que una persona. Incluso un robot podría correr más eficiente que un atleta. Y aun así, seguimos emocionándonos cuando un ser humano rompe un récord corriendo con sus propias piernas, entrenando durante años y llevando su cuerpo al límite.
No nos interesa solo el resultado. Nos interesa el esfuerzo humano detrás de ese resultado.


Creo que con la ficción y el audiovisual ocurrirá algo parecido.
Tal vez el futuro del audiovisual no se trate solamente de nuevos formatos, pantallas o inteligencia artificial. Y probablemente siempre existirá un espacio solido reservado para sorprendernos con nosotros mismos.
 

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